Por Jorge Muzam
Poetas de Entre Ríos se titula la antología poética realizada en el año 2016 por la Sociedad Literaria y Cultural Entre Ríos de la ciudad de San Carlos.
Exhaustivo trabajo recopilatorio que reúne a diecinueve destacados poetas sancarlinos, y cuyo sentido último es generar un aporte a la cultura local, así como dar a conocer la creación poética emanada de San Carlos en los establecimientos educacionales comunales.
Los compiladores del libro son Carlos Díaz Maldonado, Juan Vargas Cisternas y Mario Molina Caro.
La ciudad ñublensina es, sin duda, reconocida por sus poetas y escritores que han llevado la voz de esta tierra hasta diversos lugares de Chile y el mundo.
Los autores presentes en esta invaluable obra son: Hernán Cortés Muñoz, Mario Molina Caro, Juan Vargas Cisternas, Carlos Díaz Maldonado, María Salinas Caro, Carmen Inzunza Jaque, Rafael Muñoz San Juan, Ester Valladares Aedo, Clara Marilyn Ibañez Soto, Rodolfo Ibañez González, Ciro Larroucau Meriño, Luis Hernández Hernández, Mónica Palacios Astudillo, Rosa Bustamante Lara, Sebastián Cozar Gaviria, Doris Duffau Urrutia, Ana Cerda Figueroa, Alba Chávez Toro y Daniel Sepúlveda Sepúlveda. En torno a cada autor y autora va una referencia biográfica y parte de sus más recordados poemas.
La poesía es memoria, creatividad y belleza. Constancia de las inquietudes del espíritu, fotografía lingüística de un sentimiento, Anhelo, felicidad, magia, oxígeno, oscuridad y también luz. Quizá este libro es un gran relámpago originado en 2016 que iluminará por siempre la historia sancarlina.
Resaltamos el poema "La historia de mi padre" de Rafael Antonio Muñoz San Juan, artesano nacido en la comuna de San Fabián de Alico el 29 de marzo de 1957, hijo de Juan Muñoz y Rafaela San Juan. Desde 1974 vive en San Carlos.
La historia de mi padre
La historia de mi padre
Entre arrollos y colinas,
el tiempo le vio crecer,
y sobre ese paño blanco
que el invierno deja ver,
con tamaños desiguales,
quedó bordado su pie.
El primer problema suyo,
en su mente de cristal,
fue apacentar las ovejas
para ganarse su pan.
Su mundo fue muy pequeño,
él nunca conoció el mar,
vivió allá entre los pumas,
la inocencia es libertad.
Bajo el lucero de la mañana
esparció la semilla
y esperó, paciente,
el milagro de la virtud divina.
La paciencia le sobraba,
en su vida no hubo pleitos
pero nunca descuidó,
de su familia, el sustento.
Aunque siempre sonreía
le conocí algunas penas,
cuando vendía sus yuntas,
que por años las tenía.
Al despedirse de ellos,
la cabeza les tocaba,
gracias Lucerito, le decía,
o Precioso, según nombre
que le daba.
Yo no entendía su pena,
que por días le duraba,
sólo mi padre sabía,
el destino que a sus bueyes,
lejos de él les esperaba.
El tiempo pasaba lento,
pero nunca se detuvo,
y allá, en las altas montañas,
a mi padre desgastó
como desgastaba él
con su lima, a su guadaña.
Y sus pasos se acortaron
como cuando niño él daba;
y el invierno le llevó,
sobre su pelo, nevadas.
Un día tomó su hacha,
de nadie se despidió,
sin saber que allá,
en el campo,
el que le diera la vida
del cuerpo se la sacó.
Nerviosas estaban las horas
y la esperanza dolía,
el sol giraba en el cielo
y mi padre, allá en el campo,
para siempre se dormía.
Finalmente lo encontraron,
como abrazando la tierra,
en su mano, siempre su hacha,
que fue su fiel compañera,
y diciembre despedía
su última primavera.
Puede encontrarse o solicitarse en las bibliotecas públicas de la región de Ñuble.

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